Muchas marcas y empresas se están posicionando en el mercado como garantes e impulsoras del compromiso social y medioambiental. ¿Moda? ¿Oportunismo? ¿Desvergüenza?
Las nuevas conversaciones que intentan mantener con el mercado van de eso, de que son mejores, de que comparten los objetivos comunes y globales, que cuidan el medioambiente, que escuchan, que aceptan el reto de avanzar pensando en un futuro mejor para todos…
La credibilidad de estas historias, y por extensión de quienes se expresan a través de ellas, dependerá no de lo que se diga sino de lo que se haga. De ser y hacer en lugar de sólo decir. Y esto es territorio exclusivo de los humanos, de su forma de pensar y decidir en base a su consciencia. Por eso, cuando una marca y su posicionamiento son impulsados por sentimientos honestos e ideas puras sobre la única premisa de que el objetivo es superior y vale la pena, muchos son los corazones que establecen la conexión invisible para crear los vínculos intensos que generan valor y preferencia, relación. Con la percepción de realidad y sinceridad son posibles las conversaciones también reales y sinceras, aquellas en las que se comparten cosas tan profundas, potentes y fuertes como la visión del mundo, la filosofía de vida, los principios que deberían respetarse y los objetivos sociales y medioambientales locales y globales. Vínculos íntimos a través de la conexión emocional y, en este caso, también racional (porque el mercado, que son personas, analiza, reflexiona y piensa).
Cuando el posicionamiento y el mensaje se alinean hacia valores universales de este calibre debemos abordar su desarrollo desde una perspectiva estratégica, integral y coherente y no sólo como una temática de comunicación que, en el mejor de los casos, proyectará una imagen poco creíble de nuestra marca.
O no.

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