Dejo a la familia esquiando bajo un frío de mil demonios y me calzo los crampones. Sin objetivo claro, empiezo a caminar paralelo al ARP que viene del Coll de Puymorens. No lo alcanzo, voy debajo, tranquilo, disfrutando del sol que tanta necesidad hace en la estación de esquí. Alcanzo a un pequeño grupo de excursionistas con raquetas y a dos esquiadores de montaña. Todos vamos hacia arriba, aunque desconozco tanto su destino como el mío.
Justo cuando el circo permite ver las paredes del fondo, tras un ligero giro a la izquierda, decido cuál será mi destino. Allí enfrente se alza una bonita cumbre, muy puntiaguda, de cima rocosa y oscura. Bajo la última pala no da el sol. Estará la nieve helada.
Poco a poco, tranquilo y disfrutando de la soledad y el silencio, llego a la pequeña pirámide. Es la única inclinación significativa de todo el recorrido. Unos 100 metros a 35 grados más los 25 último de roca hasta la cima. Espero encontrar el camino hasta ella y así es. Voy detectando la estrecha senda de nieve que dibuja el camino hasta la baliza fosforito que encuentro arriba. 825 metros de desnivel positivo, otrso tantos negativos y unos 12 km entre ida ivuelta.

Grandes vistas del Frontnegre, Fontfreda, Carlit y a tocar de los dedos Pas de la Casa.
Deshago el camino y justo en la pirámide somital están los dos esquiadores de montaña. Más allá en una de las lomas que he cruzado en el camino de ida, los excursionistas con raquetas. Uno de ellos “bajará” más deprisa de lo que hubiera querido: decide descender la loma por un tramo inclinado unos 45 grados, cuya nieve supongo helada. Lo observo. Decide descalzarse las raquetas (demasiado tarde, porque el lugar no permite muchas maniobras) y a la que da un paso ¡zas! cuatro metros contra las rocas de abajo. Se levanta por su propio pie y escucho un “¡Bufff!”. Todo ha quedado en un susto (y un aprendizaje).
Unas tres horas y media después de partir, ya estoy de nuevo en la frío estación de Portè.

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