La crisis económica ha puesto a muchos empresarios y directivos, sobre todo industriales, sobre un carro con ruedas cuadradas de piedra. Este pesado y lento carro tirado por viejos trotones intenta avanzar cuesta arriba por un camino llamado mercado. Es una ruta tortuosa, angosta y cada vez más complicada y difícil de seguir. 


Para mantenerse en movimiento hacia adelante, la mayoría de estos empresarios se han visto obligados a aplicar estrategias de contención del gasto, ahorro de costes y paralización de inversiones. Aparentemente acuciados por la situación, algunos de ellos han cruzado una peligrosa y cara línea roja que diferencia entre una aplicación lógica de medidas de esta índole y otra, muy distinta, que sólo superficialmente consiste en lo mismo. Estos últimos están aplicando lo que he dado en llamar la estrategia de la esperanza.
Esta estrategia se sustenta en el deseo de que tal o cual cosa o situación no ocurran, aguanten, no se rompan o sigan funcionando como mínimo como lo han hecho hasta ahora. Por supuesto, sin hacer nada para que así sea, sólo esperar que sea así. Dicho de otro modo, estos directivos y empresarios tienen la esperanza de que todo siga “igual”, al mismo tiempo que arañan euros por aquí y por allí aun a sabiendas de que se trata de una apuesta a cara o cruz. En el caso de que no sean conscientes del riesgo, hablaríamos de una total falta de lógica y responsabilidad.
En el sector industrial se está aplicando esta estrategia en ámbitos como la reposición, el mantenimiento, la revisión y la prevención en los procesos. La esperanza consiste en aumentar los ciclos de vida de los consumibles, espaciar los mantenimientos y puestas a punto, o en hacer la vista gorda en lo concerniente a prevención de riesgos de todo tipo. Traducido significa ni un euro hasta que el proceso se vea forzosamente interrumpido, el producto final claramente afectado en su calidad o los clientes pongan el grito en el cielo por incumplimiento de los plazos de entrega.
La estrategia de la esperanza supone unos sobre costes que no suelen tenerse en cuenta. Por ejemplo, la rotura de un consumible, la avería en una máquina o un paro no programado de la producción implicarán costes superiores a los de reposición, mantenimiento o prevención. Y no sólo en términos económicos. Así, con la esperanza de gastar menos (o simplemente no gastar), se acaba generando problemas de mayor calado que con toda seguridad implicarán un gasto multiplicado, pérdida de capacidad productiva y de reacción, mermas en la calidad de los productos finales, posibles responsabilidades (legales, sociales o medioambientales), pérdida de imagen, falta de competitividad y un futuro más oscuro o difícil de lo que se suponía.
Los pilares de esta errónea estrategia son tal débiles como quienes apuestan por ella: la esperanza es sólo eso, esperanza, sin mayor fundamento que los buenos deseos de la mejor suerte del mundo. Muchos se justificarán diciendo que pensar en el futuro es hoy por hoy más arriesgado que actuar bajo esta estrategia: al fin y al cabo, cuando el consumible sigue funcionando, la máquina no se ha roto y el proceso continúa produciendo quiere decir que todo lo demás no es necesario…. Allá ellos con su presente irreal y su futuro impredecible.

Variante 

Existe una variante aplicativa de la estrategia de la esperanza, la que aplican muchas empresas y, sobre todo, muchísimos individuos. A diferencia de la anterior, cuya tesis es que todo se mantenga igual para no gastar, ésta versa sobre la esperanza de que las cosas y las circunstancias del entorno y propias cambien -por supuesto a favor-, sin más esfuerzo que desearlo y esperar pacientemente que ocurra.
Algunas frases que están a la orden del día y que ilustran o justifican la aplicación de esta estrategia son, entre otras, “si Dios quiere”, “es lo que hay”, “a ver qué pasa” o “el hombre propone, Dios dispone”. Son máximos exponentes del conformismo y el victimismo reinante en nuestros días, de la mejor estrategia de la esperanza: no pienso, no decido, no actúo. Es una actitud que pone de manifiesto una falta de conciencia de la realidad, porque asume que la transformación y el cambio no dependen de uno mismo sino del entorno circundante, sea terrenal o divino. Nada más lejos de la realidad. Objetivamente es cierto que existen factores ante los que no podemos actuar o influir sobre ellos como quisiéramos, y otros cuyo control será difícil o francamente imposible. Sin embargo, se trata de situaciones extremas. En las más habituales o cotidianas podemos influir de forma determinante, tanto si se trata de un contexto empresarial como individual o privado. Sólo es imposible decidir y actuar si el individuo o la organización están inmersos en la errónea estrategia de la esperanza. Si la postura es esta, entonces sólo resta que quien la adopte sea coherente, asuma su decisión y acarree con el futuro sembrado con su actitud presente. Por desgracia, esto no es así, y buena parte de las organizaciones y los individuos que están utilizando la estrategia de la esperanza son los mismos que lloran por su mala suerte…


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Gracias por leerme.

Lluís Lleida Feixas 

Estrategia y creatividad para la dirección de proyectos de comunicación y coaching.
Producción de textos de marca.
www.lluislleida.com
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T. 616 064 283

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