Durante los últimos seis meses, desde el día 1 de enero hasta el día 30 de junio, he dedicado 260 horas a entrenar para mi objetivo deportivo del año, el Ironman de Vichy (Francia, 28 de agosto de 2016). Resulta una media de 43 horas al mes y unos totales de 164 km nadando, 2.718 km pedaleando y 607 km corriendo. Y se seguirán sumando horas y kilómetros hasta que llegue el “día D”.
Debo reconocer que a mis 51 años es la primera vez que me pongo en manos de un entrenador que marca la pauta de los entrenamientos y realiza el seguimiento. El objetivo ironman que persigo, nacido hace poco más de un año, cuando pedí ayuda para aprender a nadar y a montar en bicicleta, me resulta muy ambicioso, de ahí que decidiera comprometerme a seguir un plan de entrenamiento que también ha incluido la pérdida de unos cuantos kilos de peso gracias a un cierto control en la alimentación y nutrición.
Todo ello sin perder el norte, que uno ya tiene cierta edad, ciertas capacidades menguadas y no es un PRO. Además y por encima de todo, con el imperativo de mantener un cierto equilibrio entre deseos y obligaciones, algo extremadamente complicado, tal vez lo más complicado de todo este proceso que estoy viviendo.

Yo tampoco tenía tiempo
Hace poco, alguien me preguntó cuánto tiempo dedicaba a entrenar y se sorprendió ante mi respuesta de más de 40 horas mensuales. Llegó entonces la segunda pregunta: “¿Y de dónde sacas el tiempo?”.
La respuesta es fácil, aunque conseguirlo no lo es tanto.
No hay meses de cinco semanas, así que hay que priorizar tareas, organizar mejor la agenda, renunciar a muchas cosas, replantear deberes y obligaciones e incluso sacrificar placeres. Yo tampoco tenía tiempo, pero a la vista está que no era del todo cierto.
El principal escollo para conseguir tiempo es, precisamente, que el tiempo no sea una excusa, una autojustificación que explique a ti mismo y/o a los demás el porqué no de algo.
El segundo escollo es que tu entorno entienda cuál es tu momento, tus necesidades, tus ausencias, tus desconexiones. Tus “nos”.
De hecho, en general, el entorno no solo no lo entiende: suele rechazarlo o cuando menos no lo comparte. Es aquello de buscar el porqué de todo (que siempre lo hay), pero con una evidente predisposición a no aceptarlo por sus efectos sobre lo que se espera de ti en otros planos, por ejemplo.

No intentes explicarlo, porque no lo entenderán
Esta es una frase muy usual en el mundo del deporte de alto compromiso, y también en otros mundos donde el alto compromiso esté presente: cualquier nuevo proyecto empresarial, cualquier cambio personal, cualquier unión a algo, cualquier cosa cuyo inicio radique en un sincero, decidido, pasional e ilusionante “quiero hacerlo”. Quien no entiende, no comparte. Quien no comparte, no acepta. Quien no acepta, niega.
En mi caso personal, he tenido suerte. Algunos de mis entornos lo han entendido. Por supuesto, el entorno deportivo. También el profesional más “próximo”. Y sobre todo el más importante y fundamental para mi, el de mi pareja y por extensión el de mis hijos.
No siempre, en otros tiempos y proyectos, habían existido estas complicidades, pero en esta ocasión mi pareja comparte el mismo proyecto y objetivo. Gracias a ello, las cosas están resultando mucho más fáciles, además de agradables y motivadoras. Este definir un proyecto común y la complicidad de trabajarlo juntos nos permite sobrellevar estos meses sin las tiranteces que en cualquier otra situación podrían provocar “tantas horas” de dedicación a entrenar alejado de la familia.
Tengo mucha suerte. Es una situación poco común. Lo normal es saber de parejas que han llevado mal estas situaciones, que recordemos duran meses. Mi propia experiencia confirma lo dicho…

¿Y cuándo trabajas?
También está el tema del trabajo, que a tenor de sus preguntas parece preocupar a algunos. Soy autónomo. Si no trabajo, si no cumplo mis compromisos, si no doy un poco más de lo esperado…  no como.No hace falta decir nada más.
Para ser sincero, debo reconocer que todo lo que algunos días pierdo en estado físico por cansancio acumulado o esfuerzo realizado, lo gano en lucidez, serenidad y motivación. ¿Trabajo menos horas? No, las trabajo de forma diferente: por una parte, combino los horarios de entrenamientos (mañana, mediodía o tarde-noche, en ocasiones dobles sesiones) con el trabajo frente al ordenador y las visitas a clientes. Por otra parte, no te creerás todo lo que puedes llegar a pensar, desarrollar, solucionar y crear nadando largos en una piscina o corriendo durante horas por el asfalto y los senderos.
También he racionalizado procesos e incluso me replanteo el rendimiento de algunas relaciones. La necesidad de ganar tiempo al tiempo me ha hecho ver cosas que hasta ahora me habían pasado por alto o tenía por normales.

Exprimiendo el reloj
¿A qué, a quién y cuándo resto horas? A los paseos por Berga, al ir de compras, a las cenas y comidas con amigos, a las visitas a familiares, a invitaciones diversas, a la tele, a la lectura, a los sábados y domingos de relax, al club excursionista, al club de triatlón, al club de corredores, a la organización de eventos deportivos, a las excursiones, a cualquier actividad deportiva que no encaje en mi plan de entrenamiento…
¿Y cómo sumo horas? Acostándome más tarde, entrenando a primera y última hora del día, trabajando en lugares y horas inverosímiles (con un ordenador, internet y un móvil no es difícil), aprovechando sábados y domingos para entrenamientos de larga duración, descansando sólo un día por semana (es un decir, porque lo que hago es bajar el tiempo y la intensidad del entrenamiento), olvidando el wellness semanal, alimentándome de forma distinta y con otros hábitos…

Aprovecho para pedir disculpas
Ahora que repaso lo escrito, creo necesario pedir disculpas. Estos meses estoy siendo un poco egoista. Para intentar lograr mi objetivo he dejado de lado a personas y proyectos a las que en otras circunstancias y momentos dedicaría mucha más atención y estima. O dicho de otro modo, les destinaría un TIEMPO ahora imposible. Lo he hecho así antes y volveré a hacerlo así después. Con una diferencia importante: lo que estoy haciendo me está transformando.
Decidí plantearme un proyecto para el que no estaba capacitado. De hecho, hasta que no se demuestre lo contrario sigo sin estarlo. Pero la transformación está en el camino, en el proceso. El cumplimiento o no del objetivo es la parte menos importante, el colofón, el adorno, el punto sobre la “i”.
No hay punto sin columna que lo soporte.
Es en el proceso donde cambia el cuerpo y la mente, el pensamiento y la razón. Es en el camino donde aprendemos lo que no sabemos, crecemos con lo que experimentamos y enriquecemos con lo que queda de todo ello en el alma.

Así que, si de verdad quieres, puedes. Al menos intentarlo.

 

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