Entradas

LA VIDA
Alguns sentim la necessitat d’omplir-la fent coses divertides, emocionants, desafiants i fins i tot arriscades i de final incert. El simple fet de somiar i intentar aquestes coses ens omple i sabem que ens acompanyarà la resta de la nostra vida.
En resposta a aquesta inquietud invisible i vital que sentim, en uns dies tornarem a estar presents a la línia de sortida d’un triatló de distància Ironman, a Calella – Barcelona. El dia 7 d’octubre culminarem un projecte de 32 mesos de durada que ha anat més enllà de l’esport. Serà la nostra tercera participació en un Ironman i, com sempre, el gaudirem sabent que només aquells que s’arrisquen a córrer molt lluny descobreixen el lluny que poden arribar a córrer.
Àngels i Lluís.

En mi opinión, la famosa y acertada frase de Kawasaki* excluye una tercera realidad empresarial, que no es otra que la que representarían patitos negros nadando en la misma dirección que el amarillo (no aparecen en la fotografía, lo siento).

Esta tercera realidad, que considero tan extendida en nuestro país, son las empresas que están autoconvencidas de ser diferentes, cuando en realidad no lo son. Empresas con productos sencillamente funcionales, con precios indiferenciados que compiten siempre a la baja para seducir, con logotipos y nombres que aparentan marcas -aunque en el mejor de los casos únicamente sean bonitos dibujos y modernísimos nombres- y, en definitiva, empresas que viven de las oportunidades que pueda ofrecer un mercado y no de las necesidades manifiestas y latentes de un determinado público, usuario o consumidor.

Lamentablemente, esta tercera realidad abunda en exceso, aun siendo la más errática y peligrosa, por confusa, multidireccional y desenfocada. Nacida del mero autoengaño o de una más que probable falta de capacidad vinculada a la visión estratégica, el “salto de mata” es su credo, la aparente imagen su estigma y su incomprensión interna y externa su cruz. ¿Adónde vas? ¿Quién eres? ¡No puedo entenderte!
Desde mi punto de vista, intuyo porqué Kawasaki no hace referencia a esta tercera realidad empresarial: porque simplemente no tiene recorrido. O te diferencias a partir de un posicionamiento claro, o compites por precio. Son sus dos opciones. de hecho, son las opciones. Cualquier otra no funcionará, por más empeño que se ponga o por más egos empresariales que lleven a desear otra cosa.
La opción de diferenciarse tiene de bueno que te hace único. Por tanto, en la image podríamos disponer de muchos patitos amarillos cada uno nadando en SU DIRECCIÓN, compitiendo en mil y una posiciones, siempre alejadas del puro precio. Pero claro, para ser diferente hay que pagar un precio que no siempre se está dispuesto a aceptar en modo de emolumentos, delegación, sentido de la realidad y pensamiento estratégico.
Al final, todo es muy simple: más visión, más enfoque, más dirección… O menos precio. Otras aventuras dejémoslas de lado.
*Guy Kawasaki es un reconocido especialista en el ámbito de las nuevas tecnologías y el marketing. En esta última actividad fue responsable de Macintosh como evangelista, a mediados de los ochenta, con el éxito con que éste trabajo fue reconocido por el mercado. Trasladó así el concepto de “evangelizar” a los negocios tecnológicos, con la idea de atraer y focalizar a usuarios vinculados al mercado Apple. En unos años difíciles para la empresa fundada por Steve Jobs, su trabajo fue internacionalmente reconocido. En la actualidad, dirige una empresa de capital riesgo en los Estados Unidos, “Garage Technology Ventures” y es evangelista jefe de la compañía Canva, una herramienta de diseño gráfico en línea. 
Fuente: Wikipedia.

¿Existe el mejor producto del mundo? ¿Cuál es? ¿De qué marca?¿Quién lo fabrica? ¿Dónde se compra?

Sí, el mejor producto del mundo existe. Lo fabrican incontables industriales –casi todos- y se vende en relaciones B2B, B2C, C2C, en comercios al por mayor y al detalle, en tiendas on line y en establecimientos a pie de calle, a través de redes de distribución tradicionales y también piramidales.

Es un producto de una calidad insuperable, la mejor, por eso es “el mejor”. Perfectamente pensado, diseñado, producido, comercializado e incluso recomercializado hasta su obsolescencia total.

Está presente en todos los países, en todas las listas de compras, en las manos o el entorno de todos nosotros, sus usuarios o consumidores.

No es el producto más caro, ni tampoco el más barato. De hecho, su precio suele ser lo de menos, porque es tan valioso que no importa cuánto cuesta, solo cuánto vale.

Es un producto personalizado. O no. En cualquier caso, está hecho para mí, o para ti, o para él o ella. Todos lo tenemos cerca, lo usamos permanentemente y nos tiene el corazón robado.

Suelen ofrecerlo compañías que piensan en ti y en mí antes que en ellas mismas. Empresas que paradójicamente no pretenden que su producto sea el mejor del mundo. Marcas que anteponen el para qué, por qué y para quién antes que el qué e incluso el cómo. Empresas que saben que delante tienen personas y que, por tanto, el mejor producto del mundo no puede ser el mejor producto para todo el mundo.

Sí, el mejor producto del mundo existe. Es aquel con cuya experiencia de uso satisfaces tus expectativas al tiempo que te ayuda cumplir tus objetivos. Cualquier otro no es tu mejor producto del mundo, es el mejor producto del resto del mundo.

¿Cuál es tu mejor producto del mundo?

Después de darle unas cuantas vueltas al tema, comprobar que la mucosidad disminuye y el resfriado amaina, el domingo intentaré de nuevo superar un triatlón de distancia Ironman. Una semana después de haberlo intentado en Vichy, bajo unas condiciones de natación duras para mí y los efectos de un inoportuno resfriado, mi estado físico todavía es el apropiado. El plan de entrenamiento que he seguido preveía llegar en el mejor estado de forma para el día 28. El día 4 habrá transcurrido una semana, un plazo de tiempo cercano “al punto óptimo”. Otra cosa es si el resfriado remanente y mis propias capacidades estarán a la altura… Así pues, el próximo domingo, vuelvo a intentarlo.

Breve crónica del Ironman Vichy
Mis resfriados duran 9-10 días. A mediados de semana empiezo a estornudar, dolor de garganta y mucosidad. Salimos a rodar en bici los días previos, y no funciono. Me reservo de correr los 15 días previos, porque mi gemelo derecho y empeine izquierdo me han dado avisos de sobrecarga. Si han de romper, que lo hagan el día del Ironman, no vaya a ser que no pueda ni tomar la salida.
La temperatura en Vichy es altísima. Llegamos a ver los 40ºC. Anuncios radiofónicos de “abstener de practicar deportes en el exterior”. En el mejor de los casos, nosotros estaremos solo unas 15 horas practicando deporte en el exterior…
Dos días antes recibimos mensaje de la organización: prohibido nadar con neopreno dado que la temperatura del agua supera en 0,3ºC la temperatura de corte de 24ºC. Nadamos en un rio, en agua dulce. Para mí, que de nadador tengo poco, esto es un jarro de agua fría.
La noche anterior sufro décimas de fiebre.
Nos levantamos a las 04:15h, desayunamos y a las 06:00 estamos en boxes. En bañador. Nunca antes había nadado 4.000 metros “a pelo”. Me resigno. Tengo la opción de no saltar al agua, pero no se me pasa por la cabeza: estoy seguro de conseguirlo, aunque también estoy seguro de que me costará muchísimo. En el peor de los casos, ya me sacarán del agua.
A las 07:25 al agua. Temperatura agradable. Agua verde. No se ve absolutamente nada. Algunos golpes, choques, arañazos… Pero menos de los que esperaba. Los metros no pasan. Salgo de la primera vuelta (1.900m) y cuando veo el crono me horrorizo: 00:53:00. Me lanzo a por la segunda vuelta y los metros siguen sin pasar. Salgo del agua a trompicones, tremendamente cansado: 02:06:25, unos 40 minutos por encima del tiempo previsto.
Hago la transición con tranquilidad. Intento recuperarme. Me preparo el batido nutricional y me lo bebo. Salgo a por la bici.
A los 40 kilómetros compruebo que la media de velocidad que llevo es muy baja, entre 2-3 km por debajo de la que me correspondería. Voy bien alimentado y el cansancio no desaparece. Sigo sin subir media de velocidad. Estoy en el km70 y empieza a llover. Contra todo pronóstico, hemos pasado de un riesgo de insolación brutal a una tormenta interesante.
Km80 y no he alcanzado a Àngels, que ha salido 15 minutos antes que yo del agua. En condiciones normales, yo hubiera salido antes del agua o, en todo caso, la hubiera alcanzado en los primeros kilómetros de ciclismo. Después de ocho meses entrenando juntos, conocemos muy bien los tiempos y ritmos de uno y otro. Analizo qué está ocurriendo y llego a la conclusión de que no es mi día. Llevo la preparación adecuada para llegar a la maratón y sufrirla. No puede ser que en este punto de la carrera no funcione. Decido abandonar la competición en el km90.
Creo que el inoportuno resfriado me tumbó antes que el propio Ironman.
Àngels cicló los 180 km de bicicleta, una distancia que superaba en 75 km la máxima que había pedaleado jamás. Lamentablemente, entró 1 minuto (sí, 1 minuto) por encima del tiempo de corte de natación más ciclismo, que la organización estipulaba en 10 horas. Descalificada.
Aquí acabó este primer intento a la distancia Ironman.

Segundo intento: Triatlón En Solitario
Es necesario aclarar varias cosas. La primera es que esta vez no será en el marco de ninguna competición oficial, y por tanto no tendrá tampoco ningún reconocimiento oficial. Estará controlado y justificado vía seguimiento fotográfico de cronógrafos y cuenta kilómetros. También por aquellos que queráis acercaros a algún punto de los segmentos de natación, ciclismo y carrera a pie. En cualquier caso, lo hago por mí y para mí. Hasta donde llegue y sin excusas.
La segunda es que lo haré en solitario. No habrá nadie más “compitiendo”, ni delante, ni detrás, ni a los lados. Solo. Acostumbrado a ser de los últimos y al no-drafting en ciclismo, esto no debería ser un problema. Veremos cómo lo llevo en la realidad. No obstante, será de agradecer si alguien se anima a acompañarme en algún tramo de cualquiera de los tres segmentos.
La tercera aclaración concierne al tema transiciones y avituallamientos. En el momento de salir del agua tengo una transición de unos 100 metros hasta la bicicleta. Al dejar la bicicleta no hay desplazamiento de transición, empiezo a correr.
En cuanto a los avituallamientos, además de los dos de las transiciones, durante el segmento de bicicleta tendré 4 puntos de agua (fuentes) y 4 más de sólido y líquido. Durante el segmento de carrera a pie, pasaré 4 veces por una fuente y otras cuatro por el punto de avituallamiento de sólido y líquido.
El soporte de seguimiento y avituallamiento corre a cargo de mi triatleta favorita Àngels Salvador Maldonado.
Finalmente, la última aclaración es que me regiré por el reglamento horario de Ironman, con 10 horas máximo para natación y ciclismo, y 16 horas máximo para completar los 225 km totales. Utilizaré neopreno en la natación.

Algunas cuestiones más
Para acabar, respondo a una pregunta que me ha formulado mi hija y que es posible que también esté en la mente de alguien más: “¿Y por qué no dices todo esto después de hacerlo? ¿Y si no lo consigues? ¿Volverás a decir que no has podido?”. Es cierto que muchas personas optan por la invisibilidad. A estas, las respeto profundamente, porque para “hacer” no es requisito “publicitar”. Otras muchas, a las que respeto en otra medida, solo hablan de lo conseguido, de los logros, de los éxitos. Suelen olvidar el “no éxito” o esconder el fracaso, generalmente por miedo al qué dirán o por desvirtuar una falsa imagen creada.
Por mi parte, deportivamente hablando he fracasado más que he triunfado, tanto que no me importa hacerlo una vez más y las que vengan. Es el riesgo de aventurarse a todo aquello que supone un final incierto, al hecho de alejarse de la zona de confort y de la seguridad de lo rápido, fácil, alcanzable o conocido. Con el tiempo me he ido descubriendo a mí mismo, hasta encontrarme con alguien que está hecho para ilusionarse, desarrollar y crecer en proyectos improbables pero no imposibles.
Hace tiempo decidí que los objetivos, para que lo fueran de verdad y no simples deseos, debían ponerse negro sobre blanco. Las palabras solo dichas, se las lleva el viento. Las palabras escritas, quedan. Escribir qué voy a hacer me ayuda a convertir las ideas en proyectos concretos, después de un proceso de análisis, valoración y preparación. Compartir públicamente lo que voy a hacer me compromete a hacerlo. Ser sincero conmigo y con los demás me exige dar cuentas públicas del resultado, sea éste el que sea.
Esto último me anima a superar momentos difíciles durante la actividad, pero no me desalienta a exponerme públicamente delante de un objetivo final no alcanzado. No tengo miedo al fracaso, porque a la par que el éxito, forma parte intrínseca y posible de cuanto hago. A mi entender, el éxito no está en la meta, está en la decisión de ponerse en marcha, realizar el proceso y avanzar hacia el objetivo. Pero no quiero engañar a nadie: ¿Quiero superar ese objetivo que yo mismo me he propuesto? ¡Por supuesto que sí! ¿Me disgustará no conseguirlo? ¡Por supuesto que sí! ¿Entonces… Por qué…? Simple: quiero saber si podré hacerlo, y eso supone poner todo el empeño en ello, pero también aceptar sin reparos el hecho de no conseguirlo. Me motiva todo aquello que para mi suponga un final incierto.
Este es el segundo asalto a la distancia más larga del triatlón. En otras ocasiones he necesitado hasta tres para superar una carrera improbable para mí pero que finalmente resultó posible. Y como ocurrió entonces, los aprendizajes durante los procesos fueron mucho más enriquecedores y duraderos que la efímera victoria.
Para terminar, agradezco las muestras de apoyo que he recibido durante esta semana, y muy especialmente la de aquellos que intuisteis qué rondaba por mi cabeza en mi último post en Facebook (“Quizás el final de esta experiencia no será exactamente como la conocéis. Dentro de mi cabeza toma fuerza un pensamiento qu eme hace vibrar. ¿Y si el próximo domingo fuera posible?”).
Vuestras respuestas me han ayudado mucho a tomar la decisión de volver a intentarlo este domingo.
Si el domingo andáis por la zona y me reconocéis, regalarme un grito de ánimo. No solo lo agradeceré, también lo necesitaré.
Muchas gracias.

Durante los últimos seis meses, desde el día 1 de enero hasta el día 30 de junio, he dedicado 260 horas a entrenar para mi objetivo deportivo del año, el Ironman de Vichy (Francia, 28 de agosto de 2016). Resulta una media de 43 horas al mes y unos totales de 164 km nadando, 2.718 km pedaleando y 607 km corriendo. Y se seguirán sumando horas y kilómetros hasta que llegue el “día D”.
Debo reconocer que a mis 51 años es la primera vez que me pongo en manos de un entrenador que marca la pauta de los entrenamientos y realiza el seguimiento. El objetivo ironman que persigo, nacido hace poco más de un año, cuando pedí ayuda para aprender a nadar y a montar en bicicleta, me resulta muy ambicioso, de ahí que decidiera comprometerme a seguir un plan de entrenamiento que también ha incluido la pérdida de unos cuantos kilos de peso gracias a un cierto control en la alimentación y nutrición.
Todo ello sin perder el norte, que uno ya tiene cierta edad, ciertas capacidades menguadas y no es un PRO. Además y por encima de todo, con el imperativo de mantener un cierto equilibrio entre deseos y obligaciones, algo extremadamente complicado, tal vez lo más complicado de todo este proceso que estoy viviendo.

Yo tampoco tenía tiempo
Hace poco, alguien me preguntó cuánto tiempo dedicaba a entrenar y se sorprendió ante mi respuesta de más de 40 horas mensuales. Llegó entonces la segunda pregunta: “¿Y de dónde sacas el tiempo?”.
La respuesta es fácil, aunque conseguirlo no lo es tanto.
No hay meses de cinco semanas, así que hay que priorizar tareas, organizar mejor la agenda, renunciar a muchas cosas, replantear deberes y obligaciones e incluso sacrificar placeres. Yo tampoco tenía tiempo, pero a la vista está que no era del todo cierto.
El principal escollo para conseguir tiempo es, precisamente, que el tiempo no sea una excusa, una autojustificación que explique a ti mismo y/o a los demás el porqué no de algo.
El segundo escollo es que tu entorno entienda cuál es tu momento, tus necesidades, tus ausencias, tus desconexiones. Tus “nos”.
De hecho, en general, el entorno no solo no lo entiende: suele rechazarlo o cuando menos no lo comparte. Es aquello de buscar el porqué de todo (que siempre lo hay), pero con una evidente predisposición a no aceptarlo por sus efectos sobre lo que se espera de ti en otros planos, por ejemplo.

No intentes explicarlo, porque no lo entenderán
Esta es una frase muy usual en el mundo del deporte de alto compromiso, y también en otros mundos donde el alto compromiso esté presente: cualquier nuevo proyecto empresarial, cualquier cambio personal, cualquier unión a algo, cualquier cosa cuyo inicio radique en un sincero, decidido, pasional e ilusionante “quiero hacerlo”. Quien no entiende, no comparte. Quien no comparte, no acepta. Quien no acepta, niega.
En mi caso personal, he tenido suerte. Algunos de mis entornos lo han entendido. Por supuesto, el entorno deportivo. También el profesional más “próximo”. Y sobre todo el más importante y fundamental para mi, el de mi pareja y por extensión el de mis hijos.
No siempre, en otros tiempos y proyectos, habían existido estas complicidades, pero en esta ocasión mi pareja comparte el mismo proyecto y objetivo. Gracias a ello, las cosas están resultando mucho más fáciles, además de agradables y motivadoras. Este definir un proyecto común y la complicidad de trabajarlo juntos nos permite sobrellevar estos meses sin las tiranteces que en cualquier otra situación podrían provocar “tantas horas” de dedicación a entrenar alejado de la familia.
Tengo mucha suerte. Es una situación poco común. Lo normal es saber de parejas que han llevado mal estas situaciones, que recordemos duran meses. Mi propia experiencia confirma lo dicho…

¿Y cuándo trabajas?
También está el tema del trabajo, que a tenor de sus preguntas parece preocupar a algunos. Soy autónomo. Si no trabajo, si no cumplo mis compromisos, si no doy un poco más de lo esperado…  no como.No hace falta decir nada más.
Para ser sincero, debo reconocer que todo lo que algunos días pierdo en estado físico por cansancio acumulado o esfuerzo realizado, lo gano en lucidez, serenidad y motivación. ¿Trabajo menos horas? No, las trabajo de forma diferente: por una parte, combino los horarios de entrenamientos (mañana, mediodía o tarde-noche, en ocasiones dobles sesiones) con el trabajo frente al ordenador y las visitas a clientes. Por otra parte, no te creerás todo lo que puedes llegar a pensar, desarrollar, solucionar y crear nadando largos en una piscina o corriendo durante horas por el asfalto y los senderos.
También he racionalizado procesos e incluso me replanteo el rendimiento de algunas relaciones. La necesidad de ganar tiempo al tiempo me ha hecho ver cosas que hasta ahora me habían pasado por alto o tenía por normales.

Exprimiendo el reloj
¿A qué, a quién y cuándo resto horas? A los paseos por Berga, al ir de compras, a las cenas y comidas con amigos, a las visitas a familiares, a invitaciones diversas, a la tele, a la lectura, a los sábados y domingos de relax, al club excursionista, al club de triatlón, al club de corredores, a la organización de eventos deportivos, a las excursiones, a cualquier actividad deportiva que no encaje en mi plan de entrenamiento…
¿Y cómo sumo horas? Acostándome más tarde, entrenando a primera y última hora del día, trabajando en lugares y horas inverosímiles (con un ordenador, internet y un móvil no es difícil), aprovechando sábados y domingos para entrenamientos de larga duración, descansando sólo un día por semana (es un decir, porque lo que hago es bajar el tiempo y la intensidad del entrenamiento), olvidando el wellness semanal, alimentándome de forma distinta y con otros hábitos…

Aprovecho para pedir disculpas
Ahora que repaso lo escrito, creo necesario pedir disculpas. Estos meses estoy siendo un poco egoista. Para intentar lograr mi objetivo he dejado de lado a personas y proyectos a las que en otras circunstancias y momentos dedicaría mucha más atención y estima. O dicho de otro modo, les destinaría un TIEMPO ahora imposible. Lo he hecho así antes y volveré a hacerlo así después. Con una diferencia importante: lo que estoy haciendo me está transformando.
Decidí plantearme un proyecto para el que no estaba capacitado. De hecho, hasta que no se demuestre lo contrario sigo sin estarlo. Pero la transformación está en el camino, en el proceso. El cumplimiento o no del objetivo es la parte menos importante, el colofón, el adorno, el punto sobre la “i”.
No hay punto sin columna que lo soporte.
Es en el proceso donde cambia el cuerpo y la mente, el pensamiento y la razón. Es en el camino donde aprendemos lo que no sabemos, crecemos con lo que experimentamos y enriquecemos con lo que queda de todo ello en el alma.

Así que, si de verdad quieres, puedes. Al menos intentarlo.

 

Este vídeo explica mucho más que cómo ganar al sprint en una etapa del Tour de Francia. Explica qué es trabajo en equipo y la estrategia a seguir para alcanzar un objetivo común; reparto de responsabilidades; eficiencia y eficacia; aportación individual al equipo; sacrificio personal en pro del objetivo común y superior; distribución de roles; adaptación al cambio; decisiones rápidas; respuesta ágil; optimización de los recursos y el esfuerzo; logro de objetivos; resultados; triunfo basado en el equipo.

(Aquí para verlo en Facebook HQ)

 

Un amigo mío, Joan, acudió la semana pasada al gimnasio de su localidad. Entró en el vestuario y para dejar su ropa de calle eligió una cualquiera de las muchas taquillas disponibles. Cuando abrió la portezuela, descubrió un anillo en el interior. Con cierta sorpresa, extendió lentamente la mano y con delicadeza lo cogió entre sus dedos. Lo miró y sopesó. Era pequeño, pesado, le pareció de oro, del tipo sello. No tardó más de cinco segundos en darse la vuelta, salir del vestuario, bajar las escaleras y entregar el anillo a Merce, la chica de recepción.

– Merce, he encontrado este anillo en la taquilla. Alguien lo ha olvidado y tal vez vuelva y pregunte por él.

– ¡Oh, vaya! Muchas gracias. Aquí lo tendré, guardado por si acaso alguien lo reclama. 
Me cuenta mi amigo que unos días después coincidió de nuevo con Merce, la recepcionista.
– Joan, ¿fuiste tú quien me entrego un anillo, verdad?
-Sí…
– Espera un momento. Tengo una cosa para ti.
Merce se levantó de la silla y desapareció unos instantes. A su vuelta, acercó una bonita bolsa hacia Joan.
– De parte del señor Felip, el propietario del anillo. Me dijo que te entregara este detalle y te diera las gracias por haber encontrado y entregado el anillo. Vino al día siguiente de que tú lo encontraras preguntando si por casualidad había aparecido. Me dijo que no tenía un gran valor económico, pero sí un gran valor sentimental: ¡era el escudo de su familia! Cuando le dije que uno de nuestros socios lo había encontrado y entregado se emocionó y afirmó “todavía hay gente buena”.
Con cierta sorpresa, Joan aceptó el detalle. La bonita bolsa contenía una botella de vino, un buen vino. Preguntó a Merce por el nombre del propietario del anillo. Merce le dijo el nombre, el señor Felip. Joan no lo conocía, pero Merce se comprometió a presentarlos en cuanto coincidieran por el gimnasio.
Cuando aquella noche Joan decidió que ya tenía suficiente dosis de deporte, volvió al vestuario, pasó por la ducha, se vistió, bajó las escaleras y se detuvo cuando paso por delante de la recepción. Miró a Merce y le dijo:

 

– Sabes, igual que el señor Felip se ha sorprendido de que “todavía haya gente buena”, cuando lo veas dile de mi parte que yo también me he sorprendido de dos cosas. 
La primera es que todavía haya gente agradecida, como él. La segunda, que no puedo entender cómo hemos llegado al extremo de que no quedarse con lo que no es de uno o el simple hecho de dar las gracias por algo, nos resulte algo sorprendente y extraordinario. ¿Debería ser lo normal, no?  
Merce, hasta mañana. Buenas noches.
Después de que mi querido Joan me contara esta historia, pensé en cuánta razón tenía. En nuestros días, lo que pareciera normal se ha vuelto extraordinario. Triste, pero real. Pero por suerte, siempre podemos tropezarnos con gente buena y agradecida.