Nuestra octava maratón en poco más de tres años, y nuestra tercera participación en la de nuestra ciudad, Barcelona. Este año mi compañera me ha convencido para que sea su liebre en su objetivo de bajar de las 4 horas 30 minutos. Acepto encantado porque convertiré la carrera en un rodaje largo de preparación para mi próximo ultra trail, dentro de tres semanas. Junto a otros 18.000 corredores, cruzamos la línea de salida bajo un atronador “Big Jack”, de AC/DC. El cielo está despejado y la previsión es de calor, uno de los peores enemigos del maratoniano. Hasta la media maratón, km21, estamos dentro de los tiempos de paso previstos. Incluso vamos tres minutos por debajo. Todo apunta a que esta vez logrará cumplir su objetivo. (seguir leyendo >>>)
Hidratación cada cinco kilómetros, un gel energético en el 20, otro en el 30 –seguimos dentro del tiempo previsto-, pasamos el 35 y ¡sólo quedan 7 hasta la meta! Pero justo entonces… empiezan los problemas. La temperatura se dispara. Calor. Me giro, miro su cara y detecto que empieza a sufrir. ¡No es posible! Es verdad que no ha seguido un entrenamiento específico para esta maratón, pero ha llegado fuerte y muy mentalizada. Ha mantenido el ritmo correcto, sin ir por encima de sus posibilidades, y no se ha saltado ningún avituallamiento. Son esos grados de más, que han aumentado la sensación de calor y ahogo, sumados al esfuerzo realizado y cansancio acumulado, los que empiezan a pasarle factura mermando su capacidad y resistencia. Para ella, ahora empieza la verdadera carrera. Como cualquier otro corredor de fondo experimentado, sabe que la maratón empieza en algún punto entre el kilómetro 30 y el 35. Aquí y ahora es donde empieza todo, donde da comienzo la lucha contra el desfallecimiento, el vacío interior y el abandono de las fuerzas. En su mente se está librando una dura batalla contra la vocecita interior que le insiste una y otra vez en que es mejor abandonar. Esa vocecita que ella trata de acallar le repite una y otra vez “qué estás haciendo…, por qué lo haces…, deja de sufrir…, queda demasiado para llegar…, no lo lograrás…, mejor que pares…, ¡detente!, ¡abandona!”. Ella está librando la batalla contra el famoso muro. Lo hará durante seis eternos kilómetros, en un calvario cuyo sufrimiento voluntario es imposible de explicar y mucho menos de entender. Sólo al cruzar la meta tendrá su recompensa, que igualmente es imposible de explicar y de entender. No ha logrado alcanzar su objetivo de crono, pero ha logrado algo mucho más grande: vencer. Sin mediar palabra, llega a la zona de medallas, insinúa una sonrisa y dirige sus pasos y pensamientos hacia la siguiente maratón. Es una maratoniana. Ella es una de las miles de atletas populares que se atrevieron a correr contra sí mismas y ganaron. Y este es un pequeño homenaje a ella y a todas las que como ella vencieron. Porque en las maratones sólo hay vencedores: las que se atrevieron a intentarlo y las que además lograron alcanzar la línea de meta.

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